Cuando existieron personajes en esa época colonial inolvidable, cuando
tenemos a la mano antiguos testimonios y se barajan nombres auténticos y
acontecimientos, no puede decirse que se trata de un mito, una leyenda o
una invención producto de las mentes de aquél siglo. Si acaso se
adornan los hechos con giros literarios y sabrosos agregados para hacer
más ameno un relato que por muy diversas causas ya tomó patente de
leyenda. Con respecto a los nombres que en este cuento aparecen, tampoco
se ha cambiado nada y si varían es porque en ese entonces se usaban de
una manera diferente nombres, apellidos y blasones.
Durante muchos años y según consta en las actas del muy antiguo
convento de la Concepción, que hoy se localizaría en la esquina de Santa
María la Redonda y Belisario Domínguez, las monjas enclaustradas en tan
lóbrega institución, vinieron sufriendo la presencia de una blanca y
espantable figura que en su hábito de monja de esa orden, veían colgada
de uno de los arbolitos de durazno que en ese entonces existían. Cada
vez que alguna de las novicias o profesas tenían que salir a alguna
misión nocturna y cruzaban el patio y jardínes de las celdas interiores,
no resistían la tentación de mirarse en las cristalinas aguas de la
fuente que en el centro había y entonces ocurría aquello. Tras ellas,
balanceándose al soplo ligero de la brisa noctural, veían a aquella
novicia pendiente de una soga, con sus ojos salidos de las órbitas y con
su lengua como un palmo fuera de los labios retorcidos y resecos; sus
manos juntas y sus pies con las puntas de las chinelas apuntando hacia
abajo.
Las monjas huían despavoridas clamando a Dios y a las superioras, y
cuando llegaba ya la abadesa o la madre tornera que era la más vieja y
la más osada, ya aquella horrible visión se había esfumado.
Así, noche a noche y monja tras monja, el fantasma de la novicia
colgando del durazno fue motivo de espanto durante muchos años y de nada
valieron rezos ni misas ni duras penitencias ni golpes de cilicio para
que la visión macabra se alejara de la santa casa, llegando a decir en
ese entonces en que aún no se hablaba ni se estudiaban estas cosas, que
todo era una visión colectiva, un caso típico de histerismo provocado
por el obligado encierro de las religiosas.
Más una cruel verdad se ocultaba en la fantasmal aparición de aquella
monja ahorcada, colgada del durazno y se remontaba a muchos años antes,
pues debe tenerse en cuenta que elConvento de la Concepción fue el
primero en ser construído en la Capital de la Nueva España, (apenas 22
años después de consumada la Conquista y no debe confundirse convento de
monjas-mujeres con monasterio de monjes-hombres), y por lo tanto el
primero en recibir como novicias a hijas, familiares y conocidas de los
conquistadores españoles.
Vivían pues en ese entonces en la esquina que hoy serían las calles de
Argentina y Guatemala, precisamente en donde se ubicaba muchos años
después una cantina, los hermanos Avila, que eran Gil, Alfonso y doña
María a la que por oscuros motivos se inscribió en la historia como doña
María de Alvarado.
Pues bien esta doña María que era bonita y de gran prestancia, se
enamoró de un tal Arrutia, mestizo de humilde cuna y de incierto origen,
quien viendo el profundo enamoramiento que había provocado en doña
María trató de convertirla en su esposa para así ganar mujer, fortuna y
linaje.
A tales amoríos se opusieron los hermanos Avila, sobre todo el llamado
Alonso de Avila, quien llamando una tarde al irrespetuoso y altanero
mestizo, le prohibió que anduviese en amoríos con su hermana.
-Nada podeís hacer si ella me ama -dijo cínicamente el tal Arrutia-,
pues el corazón de vuestra hermana ha tiempo es mío; podéis oponeros
cuanto queráis, que nada lograréis.
Molesto don Alonso de Avila se fue a su casa de la esquina antes dicha y
que siglos después se llamara del Relox y Escalerillas respectivamente y
habló con su hermano Gil a quien le contó lo sucedido. Gil pensó en
matar en un duelo al bellaco que se enfrentaba a ellos, pero don Alonso
pensando mejor las cosas, dijo que el tal sujeto era un mestizo
despreciable que no podría medirse a espada contra ninguno de los dos y
que mejor sería que le dieran un escarmiento. Pensando mejor las cosas
decidieron reunir un buen monto de dinero y se lo ofrecieron al mestizo
para que se largara para siempre de la capital de la Nueva España, pues
con los dineros ofrecidos podría instalarse en otro sitio y poner un
negocio lucrativo.
Cuéntase que el metizo aceptó y sin decir adiós a la mujer que había
llegado a amarlo tan intensamente, se fue a Veracruz y de allí a otros
lugares, dejando transcurrir los meses y dos años, tiempo durante el
cual, la desdichada doña María Alvarado sufría, padecía, lloraba y gemía
como una sombra por la casa solariega de los hermanos Avila, sus
hermanos según dice la historia.
Finalmente, viendo tanto sufrir y llorar a la querida hermana, Gil y
Alonso decidieron convencer a doña María para que entrara de novicia a
unconvento. Escogieron al de la Concepción y tras de reunir otra fuerte
suma como dote, la fueron a enclaustrar diciéndole que el mestizo motivo
de su amor y de sus cuitas jamás regresaría a su lado, pues sabían de
buena fuente que había muerto.
Sin mucha voluntad doña María entró como novicia al citado convento, en
donde comenzó a llevar la triste vida claustral, aunque sin dejar de
llorar su pena de amor, recordando al mestizo Arrutia entre rezos,
angelus y maitines. Por las noches, en la soledad tremenda de su celda
se olvidaba de su amor a Dios, de su fe y de todo y sólo pensaba en
aquel mestizo que la había sorbido hasta los tuétanos y sembrado de
deseos su corazón.
Al fin, una noche, no pudiendo resistir más esa pasión que era mucho
más fuerte que su fe, que opacaba del todo a su religión, decidió
matarse ante el silencio del amado de cuyo regreso llegó a saber, pues
el mestizo había vuelto a pedir más dinero a los hermanos Avila.
Cogió un cordón y lo trenzó con otro para hacerlo más fuerte, a pesar
de que su cuerpo a causa de la pasión y los ayunos se había hecho frágil
y pálido. Se hincó ante el crucificado a quien pidió perdón por no
poder llegar a desposarse al profesar y se fue a la huerta delconvento y
a la fuente.
Ató la cuerda a una de las ramas del durazno y volvió a rezar pidiendo
perdón a Dios por lo que iba a hacer y al amado mestizo por abandonarlo
en este mundo.
Se lanzó hacia abajo.... Sus pies golpearon el brocal de la fuente.
Y allí quedó basculando, balanceándose como un péndulo blanco, frágil, movido por el viento.
Al día siguiente la madre portera que fue a revisar los gruesos
picaportes y herrajes de la puerta del convento, la vio colgando,
muerta.
El cuerpo ya tieso de María de Alvarado fue bajado y sepultado ese
misma tarde en el cementerio interior del convento y allí pareció
terminar aquél drama amoroso.
Sin embargo, un mes después, una de las novicias vió la horrible
aparición reflejada en las aguas de la fuente. A esta aparición
siguieron otras, hasta que las superiores prohibieron la salida de las
monjas a la huerta, después de puesto el sol.
Tal parecía que un terrible sino, el más trágico perseguía a esta
familia, vástagos los tres de doña Leonor Alvarado y de don Gil González
Benavides, pues ahorcada doña María de Alvarado en la forma que antes
queda dicha, sus dos hermanos Gil y Alonso de Avila se vieron envueltos
en aquella conspiración o asonada encabezada por don Martín Cortés, hijo
del conquistador Hernán Cortés y descubierta esta conjura fueron
encarcelados los hermanos Avila, juzgados sumariamente y sentenciados a
muerte.
El 16 de julio de 1566 montados en cabalgaduras vergonzantes,
humillados y vilipendiados, los dos hermanos Avila, Gil y Alonso fueron
conducidos al patíbulo en donde fueron degollados. Por órdenes de la
Real Audiencia y en mayor castigo a la osadía de los dos Avila, su casa
fue destruída y en el solar que quedó se aró la tierra y se sembró con
sal.
martes, 30 de abril de 2013
lunes, 29 de abril de 2013
LOS MACABROS MORADORES DE LA CASA DE LOS ARCOS
De la época colonial son pocos los
vestigios que quedan en la hoy llamada Avenida Arcos de Belem; si acaso el
templo y el convento de los betlemitas, que después fuera por muchos años la
Escuela Médico Militar.
En nombre del progreso han entrado en los viejos edificios el pico y la pala con su obra devastadora, demoliendo casas llenas de historia y tradición; tal fue el caso del Palacio de Doña Soledad de Castaño y Burgos, dama sobre la cual se aborda una extraordinaria historia y espeluznante leyenda y que, según las crónicas vivió en el año 1642. En aquella época era virrey el duque de Escalona, conocido entre otras cosas por haber dado a su gobierno el aspecto de una ostentosa corte, en la que privaban la corrupción y la intriga.
Mucho se habló de amoríos secretos entre el duque y doña Soledad, que nadie sabía de dónde había obtenido su cuantiosa fortuna, el hecho que la dama en cuestión hacía honor a la época de lujo, derroche y disipación ofreciendo grandes saraos en su palacio de la calle de Analco. Nunca se le vio al virrey asistir a una de esas fiestas, pero si, en cambio se veía sumamente concurrida por cortesanos y nobles que se disputaban una sonrisa ó una mirada de doña Soledad, desde los más jóvenes hasta los más maduros; siempre había riñas entre los caballeros asistentes y para que las cosas no pasaran mayores intervenía la dueña de la casa.
Siempre al terminar una fiesta doña Soledad esperaba a un caballero en su alcoba, en esta ocasión fue don Vicente, pero el afortunado resultó un joven que astutamente había permanecido escondido. Su juvenil corazón empezó a latir furiosamente, al oír que los criados cerraban el portón, y los menudos pasos de la dama por el corredor, salió de su escondite y le habló de lo que los sentimientos que habían despertado en su corazón. Sin embargo, a pesar de mostrarse sorprendida y hasta escandalizar, lo cierto es que a la poco escrupulosa doña Soledad le halagaba en apasionamiento del muchacho; afecta a buscar nuevas experiencias una vez más dio rienda suelta a sus pasiones.
Don Vicente llegaría dos horas después, que traía una llave de una puertecita secreta que la mujer le había dado, pero al querer entrar en la alcoba que según le habían dicho se encontró nada menos que al joven y acto seguido entraron en combate, y sin más el chico lanzó un furioso mandoble sobre el sorprendido don Vicente que apenas pudo esquivar; pero el segundo más diestro y experimentado en el manejo de la espada, pronto cedió el lance en su favor; doña Soledad creyó perdido al mancebo y ofuscada por el miedo se arrojo sobre don Vicente armada de filoso puñal, pero desafortunadamente el caballero cayó hacia delante y accidentalmente atravesó al indefenso joven, ambos cayeron heridos de muerte.
La dama rectificó que nadie se hubiera percatado de los hechos, y acto seguido arrastro el cadáver de don Vicente al otro extremo del corredor donde movió una moldura de la decoración de la pared, ésta cedió dejando ver una escalera que bajaba en medio de la oscuridad, arrojó en seguida el cuerpo inanimado del hombre dando tumbos hasta chocar con una corriente de agua, después hizo lo mismo con el joven. La pared se volvió a cerrar y doña Soledad se dispuso a limpiar cuidadosamente la sangre de piso y muros y a pensar en una historia creíble de las repentinas desapariciones.
Al día siguiente los sirvientes no hicieron preguntas acerca del joven, por lo que la mujer aprovechó esto para diseminar la versión de que se había ido de la casa sin dar aviso alguno y como si nada hubiera pasado siguió con su vida de orgías y disipación; aunque para los habitantes del México Colonial pasaban cosas extrañas en torno a doña Soledad, sus amantes que desaparecían sin dejar rastro, brujería, entre otros rumores. Pero el tío del joven, don Andrés de Calderón y Díaz no se podía quedar tranquilo y decidió averiguar las extrañas actividades de aquella mujer llendo a su casa para hablar también sobre la repentina desaparición de su sobrino. La discusión entre ambos llegó a tal grado, que doña Soledad aprovechó esto para llorar y que aquel hombre que era todo un caballero no podía ver lágrimas en los ojos de una dama sin sentirse conmovido.
Don Andrés estaba a punto de retirarse, cuando la mujer le ofreció alojamiento en su casa, insistiéndole hasta poderlo convencer y nuevamente el caballero se vio desarmado ante ella; pero la oferta de la dama no era de a gratis, ya que esa misma tarde inició sus labores de seducción con una rica comida, decidida a hacer que el señor de Calderón se olvidara de investigar lo que había sido de su sobrino Diego.
Cuando por la noche se retiraron a dormir, don Andrés ya no podía apartarla de su pensamiento, soñando con doña Soledad permaneció largo rato, hasta que de pronto sitió la presencia de alguien más en su habitación, y no precisamente que estuviera vivo; pasado el suceso, el hombre sentía escalofríos y se sirvió un vaso de vino, pero al querer llevárselo a los labios sintió que algo le jalaba el brazo, la impresión que le hizo aquel contacto invisible y helado lo hizo soltar aterrorizado el vaso. Los cabellos se le erizaron y miró asustado a su alrededor, la temperatura comenzó a disminuir y eso lo hizo estremecerse de pies a cabeza, acto seguido la luz de la bujía se apagó y sin embargo, la habitación quedó iluminada por una extraña y lúgubre fosforescencia. El terror había paralizado a don Andrés, pues la silueta que se destacaba en una de las esquinas de la habitación empezó a moverse lentamente hacia él, hasta que se destacó claramente ante sus ojos el rostro de aquella aparición, que conocía muy bien: era su sobrino Diego. El joven pálido y frío le lanzó una tristísima mirada y entreabrió los labios como para decir algo; pero una sombra gigantesca surgió y lo envolvió totalmente, dejando la habitación sumida en la oscuridad; acto seguido entró la seductora doña Soledad alarmad, al verle tembloroso y con el rostro pálido pregúntole que le acontecía, para lo que el hombre le relato aquel sobrenatural suceso.
La astuta mujer se las ingenió para salirse con la suya una vez más, pues don Andrés sucumbió a sus encantos como tantos otros, sin embargo, no por eso se tranquilizó. A la mañana siguiente el día estaba nublado y los corredores de la casa sumamente oscuros; pero cuando el abandonó su cuarto para dirigirse al comedor volvió a experimentar una extraña sensación, pues sentía que varias presencias invisibles y etéreas lo seguían, pero sin volver la cabeza apresuró el paso hasta entrar en el comedor. Sin embargo, cuando más tarde volvió a tener la misma sensación empezó a intrigarse seriamente sobre lo que podría ser; pero mientras más hacía por vencer el miedo y establecer contacto con todos aquellos fantasmas, más parecía impedirlo, ya que la sombra gigantesca que siempre los cubría para hacerlos desaparecer.
Intrigado por estos acontecimientos sobrenaturales, don Andrés decide dar parte a las autoridades del Santo Oficio, aún exponiéndose a que lo acusaran de herejía; pero doña Soledad se entera de sus planes y pone el grito en el cielo, pero al resultarle imposible convencerlo de los contrario, recurre nuevamente a sus armas de seducción para impedirle al preocupado hombre que pusiera en marcha sus propósitos. Finalmente don Andrés quedó convencido de que podía ir al Santo Oficio a la mañana siguiente.
La noche se presentó oscura y desapacible, fuerte vendaval estremecía las copas de los árboles y cimbraba puertas y ventanas de la casa. Mientras tanto, dentro de las casa, el caballero había podido dormirse tal vez por no haberlo hecho bien la noche anterior y la mujer lo contemplaba de una manera muy extraña planeando algo por demás malo; del buró preciosamente tallado que había junto a su cama, extrajo una filosa daga de mango de marfil y acto seguido levantó la mano para descargar un brutal golpe de cuchillo sobre el corazón de don Andrés, pero hubo de soltar la daga casi en seguida, pues sintió que dos manos fuertes y vigorosas le atenazaban el brazo para impedirle todo movimiento; entonces comenzó a sentir que el brazo le ardía de una manera horrible y al escuchar los gritos, se despierta el caballero, quien quiso aliviarla de su dolor y fue cuando advirtió unas manchas enrojecidas en el tornado y blanco brazo de la dama, y don Andrés ayudado por los sirvientes colocó compresas frías en su brazo, pero esto servía de nada porque los dolores eran cada vez más intensos, hasta que finalmente perdió el sentido.
El tío de Diego, dado a los acontecimientos decide ir acto seguido al Santo Oficio a relatar los sucesos. Entre tanto doña Soledad se encontraba en sus aposentos recobrando el sentido y una de sus sirvientas le relata lo que el caballero fue a hacer.
Ante el azoro de la sirvienta, la mujer saltó del lecho y quiso salir de la habitación, la primera quiso detenerla, pero la segunda la apartó con un vigoroso empujón. La dama salió espantada por el corredor, mientras la criada daba desesperadas voces; doña soledad llega al final del corredor y mueve la moldura de la pared se introduce en la puerta que se abrió y en ese preciso momento llegaban don Andrés y el sacerdote, quienes sorprendidos la vieron descender por aquella escalera oscura y lúgubre; optaron por seguirla, la oscuridad era cada vez más impenetrable y el sacerdote encendió el cirio bendito que llevaba.
Doña Soledad se encontraba en el último peldaño de la escalera mirando como hipnotizada las negras aguas que se abrían a sus pies; don Andrés y los sacerdotes contemplaron algo que los dejó de una pieza: de las turbulentas aguas surgió una extraña embarcación con un tétrico remero que se acercó hasta donde se encontraba la mujer y le tendió la mano, ella de manera instintiva retrocedió, pero aquella mano peluda y bestial la aferró fuertemente del brazo haciéndola lanzar un alarido de dolor; en ese momento, de debajo de las aguas surgieron infinidad de espectros y bestias infernales, que la hicieron entrar a la siniestra embarcación y debatiéndose con desesperación entre aquellos entes infernales, doña Soledad se alejó de la orilla a bordo de la lancha remada por el extraño encapuchado.
En sacerdote miró con el rostro desencajado a don Andrés, corroborando el religioso lo que el caballero le había venido a relatar momentos antes.
La casa fue bendecida y se dijeron muchos exorcismos para liberarla de los espíritus infernales, que se creía la habitaban, pero con todo eso, continuaron las pariciones de Diego y otros más, entre los que se reconocieron los antiguos amantes de doña Soledad, y por ese motivo la casa a la que le decían de los Arcos por estar frente a los Arcos de Belem, fue llamada también de los moradores macabros.
Don Diego López Pacheco Cabrera y Bobadilla, Duque de Escalona fue destituido a poco de estos acontecimientos, pues mucho se dijo que en parte fue por haber sido protector de doña Soledad.
La casa quedó abandonada. Don Andrés decidió mandar decir varias misas en sufragio del alma de su sobrino Diego; y siglo y medio después, cuando empezaba a hablarse de las insurrecciones contra España, la casa de los Arcos ó de los habitantes macabros fue demolida, pero al arrasarla encontraron entre el lodo que había en sus cimientos varios esqueletos, para lo cual se dio parte a la Inquisición, pero misteriosamente no dio importancia al hecho, ¿la razón?, quizá porque seguían pensando que aquel lugar era la entrada del infierno, y que los cadáveres encontrados pertenecían a personas codenadas por sus culpas.
En nombre del progreso han entrado en los viejos edificios el pico y la pala con su obra devastadora, demoliendo casas llenas de historia y tradición; tal fue el caso del Palacio de Doña Soledad de Castaño y Burgos, dama sobre la cual se aborda una extraordinaria historia y espeluznante leyenda y que, según las crónicas vivió en el año 1642. En aquella época era virrey el duque de Escalona, conocido entre otras cosas por haber dado a su gobierno el aspecto de una ostentosa corte, en la que privaban la corrupción y la intriga.
Mucho se habló de amoríos secretos entre el duque y doña Soledad, que nadie sabía de dónde había obtenido su cuantiosa fortuna, el hecho que la dama en cuestión hacía honor a la época de lujo, derroche y disipación ofreciendo grandes saraos en su palacio de la calle de Analco. Nunca se le vio al virrey asistir a una de esas fiestas, pero si, en cambio se veía sumamente concurrida por cortesanos y nobles que se disputaban una sonrisa ó una mirada de doña Soledad, desde los más jóvenes hasta los más maduros; siempre había riñas entre los caballeros asistentes y para que las cosas no pasaran mayores intervenía la dueña de la casa.
Siempre al terminar una fiesta doña Soledad esperaba a un caballero en su alcoba, en esta ocasión fue don Vicente, pero el afortunado resultó un joven que astutamente había permanecido escondido. Su juvenil corazón empezó a latir furiosamente, al oír que los criados cerraban el portón, y los menudos pasos de la dama por el corredor, salió de su escondite y le habló de lo que los sentimientos que habían despertado en su corazón. Sin embargo, a pesar de mostrarse sorprendida y hasta escandalizar, lo cierto es que a la poco escrupulosa doña Soledad le halagaba en apasionamiento del muchacho; afecta a buscar nuevas experiencias una vez más dio rienda suelta a sus pasiones.
Don Vicente llegaría dos horas después, que traía una llave de una puertecita secreta que la mujer le había dado, pero al querer entrar en la alcoba que según le habían dicho se encontró nada menos que al joven y acto seguido entraron en combate, y sin más el chico lanzó un furioso mandoble sobre el sorprendido don Vicente que apenas pudo esquivar; pero el segundo más diestro y experimentado en el manejo de la espada, pronto cedió el lance en su favor; doña Soledad creyó perdido al mancebo y ofuscada por el miedo se arrojo sobre don Vicente armada de filoso puñal, pero desafortunadamente el caballero cayó hacia delante y accidentalmente atravesó al indefenso joven, ambos cayeron heridos de muerte.
La dama rectificó que nadie se hubiera percatado de los hechos, y acto seguido arrastro el cadáver de don Vicente al otro extremo del corredor donde movió una moldura de la decoración de la pared, ésta cedió dejando ver una escalera que bajaba en medio de la oscuridad, arrojó en seguida el cuerpo inanimado del hombre dando tumbos hasta chocar con una corriente de agua, después hizo lo mismo con el joven. La pared se volvió a cerrar y doña Soledad se dispuso a limpiar cuidadosamente la sangre de piso y muros y a pensar en una historia creíble de las repentinas desapariciones.
Al día siguiente los sirvientes no hicieron preguntas acerca del joven, por lo que la mujer aprovechó esto para diseminar la versión de que se había ido de la casa sin dar aviso alguno y como si nada hubiera pasado siguió con su vida de orgías y disipación; aunque para los habitantes del México Colonial pasaban cosas extrañas en torno a doña Soledad, sus amantes que desaparecían sin dejar rastro, brujería, entre otros rumores. Pero el tío del joven, don Andrés de Calderón y Díaz no se podía quedar tranquilo y decidió averiguar las extrañas actividades de aquella mujer llendo a su casa para hablar también sobre la repentina desaparición de su sobrino. La discusión entre ambos llegó a tal grado, que doña Soledad aprovechó esto para llorar y que aquel hombre que era todo un caballero no podía ver lágrimas en los ojos de una dama sin sentirse conmovido.
Don Andrés estaba a punto de retirarse, cuando la mujer le ofreció alojamiento en su casa, insistiéndole hasta poderlo convencer y nuevamente el caballero se vio desarmado ante ella; pero la oferta de la dama no era de a gratis, ya que esa misma tarde inició sus labores de seducción con una rica comida, decidida a hacer que el señor de Calderón se olvidara de investigar lo que había sido de su sobrino Diego.
Cuando por la noche se retiraron a dormir, don Andrés ya no podía apartarla de su pensamiento, soñando con doña Soledad permaneció largo rato, hasta que de pronto sitió la presencia de alguien más en su habitación, y no precisamente que estuviera vivo; pasado el suceso, el hombre sentía escalofríos y se sirvió un vaso de vino, pero al querer llevárselo a los labios sintió que algo le jalaba el brazo, la impresión que le hizo aquel contacto invisible y helado lo hizo soltar aterrorizado el vaso. Los cabellos se le erizaron y miró asustado a su alrededor, la temperatura comenzó a disminuir y eso lo hizo estremecerse de pies a cabeza, acto seguido la luz de la bujía se apagó y sin embargo, la habitación quedó iluminada por una extraña y lúgubre fosforescencia. El terror había paralizado a don Andrés, pues la silueta que se destacaba en una de las esquinas de la habitación empezó a moverse lentamente hacia él, hasta que se destacó claramente ante sus ojos el rostro de aquella aparición, que conocía muy bien: era su sobrino Diego. El joven pálido y frío le lanzó una tristísima mirada y entreabrió los labios como para decir algo; pero una sombra gigantesca surgió y lo envolvió totalmente, dejando la habitación sumida en la oscuridad; acto seguido entró la seductora doña Soledad alarmad, al verle tembloroso y con el rostro pálido pregúntole que le acontecía, para lo que el hombre le relato aquel sobrenatural suceso.
La astuta mujer se las ingenió para salirse con la suya una vez más, pues don Andrés sucumbió a sus encantos como tantos otros, sin embargo, no por eso se tranquilizó. A la mañana siguiente el día estaba nublado y los corredores de la casa sumamente oscuros; pero cuando el abandonó su cuarto para dirigirse al comedor volvió a experimentar una extraña sensación, pues sentía que varias presencias invisibles y etéreas lo seguían, pero sin volver la cabeza apresuró el paso hasta entrar en el comedor. Sin embargo, cuando más tarde volvió a tener la misma sensación empezó a intrigarse seriamente sobre lo que podría ser; pero mientras más hacía por vencer el miedo y establecer contacto con todos aquellos fantasmas, más parecía impedirlo, ya que la sombra gigantesca que siempre los cubría para hacerlos desaparecer.
Intrigado por estos acontecimientos sobrenaturales, don Andrés decide dar parte a las autoridades del Santo Oficio, aún exponiéndose a que lo acusaran de herejía; pero doña Soledad se entera de sus planes y pone el grito en el cielo, pero al resultarle imposible convencerlo de los contrario, recurre nuevamente a sus armas de seducción para impedirle al preocupado hombre que pusiera en marcha sus propósitos. Finalmente don Andrés quedó convencido de que podía ir al Santo Oficio a la mañana siguiente.
La noche se presentó oscura y desapacible, fuerte vendaval estremecía las copas de los árboles y cimbraba puertas y ventanas de la casa. Mientras tanto, dentro de las casa, el caballero había podido dormirse tal vez por no haberlo hecho bien la noche anterior y la mujer lo contemplaba de una manera muy extraña planeando algo por demás malo; del buró preciosamente tallado que había junto a su cama, extrajo una filosa daga de mango de marfil y acto seguido levantó la mano para descargar un brutal golpe de cuchillo sobre el corazón de don Andrés, pero hubo de soltar la daga casi en seguida, pues sintió que dos manos fuertes y vigorosas le atenazaban el brazo para impedirle todo movimiento; entonces comenzó a sentir que el brazo le ardía de una manera horrible y al escuchar los gritos, se despierta el caballero, quien quiso aliviarla de su dolor y fue cuando advirtió unas manchas enrojecidas en el tornado y blanco brazo de la dama, y don Andrés ayudado por los sirvientes colocó compresas frías en su brazo, pero esto servía de nada porque los dolores eran cada vez más intensos, hasta que finalmente perdió el sentido.
El tío de Diego, dado a los acontecimientos decide ir acto seguido al Santo Oficio a relatar los sucesos. Entre tanto doña Soledad se encontraba en sus aposentos recobrando el sentido y una de sus sirvientas le relata lo que el caballero fue a hacer.
Ante el azoro de la sirvienta, la mujer saltó del lecho y quiso salir de la habitación, la primera quiso detenerla, pero la segunda la apartó con un vigoroso empujón. La dama salió espantada por el corredor, mientras la criada daba desesperadas voces; doña soledad llega al final del corredor y mueve la moldura de la pared se introduce en la puerta que se abrió y en ese preciso momento llegaban don Andrés y el sacerdote, quienes sorprendidos la vieron descender por aquella escalera oscura y lúgubre; optaron por seguirla, la oscuridad era cada vez más impenetrable y el sacerdote encendió el cirio bendito que llevaba.
Doña Soledad se encontraba en el último peldaño de la escalera mirando como hipnotizada las negras aguas que se abrían a sus pies; don Andrés y los sacerdotes contemplaron algo que los dejó de una pieza: de las turbulentas aguas surgió una extraña embarcación con un tétrico remero que se acercó hasta donde se encontraba la mujer y le tendió la mano, ella de manera instintiva retrocedió, pero aquella mano peluda y bestial la aferró fuertemente del brazo haciéndola lanzar un alarido de dolor; en ese momento, de debajo de las aguas surgieron infinidad de espectros y bestias infernales, que la hicieron entrar a la siniestra embarcación y debatiéndose con desesperación entre aquellos entes infernales, doña Soledad se alejó de la orilla a bordo de la lancha remada por el extraño encapuchado.
En sacerdote miró con el rostro desencajado a don Andrés, corroborando el religioso lo que el caballero le había venido a relatar momentos antes.
La casa fue bendecida y se dijeron muchos exorcismos para liberarla de los espíritus infernales, que se creía la habitaban, pero con todo eso, continuaron las pariciones de Diego y otros más, entre los que se reconocieron los antiguos amantes de doña Soledad, y por ese motivo la casa a la que le decían de los Arcos por estar frente a los Arcos de Belem, fue llamada también de los moradores macabros.
Don Diego López Pacheco Cabrera y Bobadilla, Duque de Escalona fue destituido a poco de estos acontecimientos, pues mucho se dijo que en parte fue por haber sido protector de doña Soledad.
La casa quedó abandonada. Don Andrés decidió mandar decir varias misas en sufragio del alma de su sobrino Diego; y siglo y medio después, cuando empezaba a hablarse de las insurrecciones contra España, la casa de los Arcos ó de los habitantes macabros fue demolida, pero al arrasarla encontraron entre el lodo que había en sus cimientos varios esqueletos, para lo cual se dio parte a la Inquisición, pero misteriosamente no dio importancia al hecho, ¿la razón?, quizá porque seguían pensando que aquel lugar era la entrada del infierno, y que los cadáveres encontrados pertenecían a personas codenadas por sus culpas.
DOÑA FRANCISCA LA EMBRUJADA
Que nadie ose
negar la existencia de poderes diabólicos y sobrenaturales, que se sustentan
del alma y cuerpo humanos, la maldad y hechicería, son hijas del demonio y las
sombras de la noche…
Si, este suceso ocurrido en el siglo XVI, aquí en nuestra capital, nos habla de un caso de hechizo diabólico y perverso; se que algunos de los lectores dudarán de éstos poderes, sin embargo, sépase que en México y en otros países, aún sigue practicándose la hechicería.
Retrocedamos al año 1554, a plena mitad del siglo XVI y veamos en una visión retrospectiva, esta casona y esta calle que llamóse de la Cadena; gobernaba en ese siglo el virrey Don Luis de Velasco I, y ésta casa tenía el número siete, de la que hoy es Venustiano Carranza. Habitaba la casa en cuestión, Doña Felipa Palomares de Heredia, rica viuda de uno de los conquistadores, de quien fuera heredera; pero si Felipa había heredado nombre y fortuna del esposo, también habíale quedado un hijo joven y apuesto, llamado Domingo de Heredia y Palomares, criado con lujo desmedido y cuidados extremos, érase este joven Domingo la adoración y consuelo de la madre, y llevada de su amor maternal, lo cuidaba y mimaba con exceso y siempre le recordaba que ya estaba en edad casadera, que encontrara a una chica que le gustara, que tuviera alcurnia y abolengo, claro, la madre tenía que aprobar a la muchacha.
El joven deseaba en verdad esposa y buscaba con ansias entre las chicas una de la Nueva España; solía reunirse con otros jóvenes también deseosos de casorio y escogían así a las mejores muchachas. Durante varios meses buscó a la chica que le gustase y fuese un buen partido del agrado de la madre, sin hallarla; pero al fin cierta tarde, vio acercarse al templo a una hermosa chiquilla, cuyo nombre y cuna desconocía, sin embargo era de una belleza virginal, que hizo dar vuelcos al corazón del joven Domingo; llena de misticismo y de candor, pasó junto al joven, el cuál lanzó un hondo suspiro. Ella entró a la iglesia y mientras oraba con fervor, el chico la miraba cada vez más cautivado por esa angelical figura; al terminar de orar, ella se acercó a la pila de agua bendita y el le ofreció sus dedos húmedos, emocionado, después, como era la costumbre en ese siglo, el la siguió a prudente distancia, para saber donde vivía, la chica, que al parecer se dio cuenta de que la seguían, no trató de apresurar el paso; entonces ella llegó ante una casa de mediana fábrica, allá por entonces calle Cerrada de Nacatitlán (hoy Novena de Cinco de Febrero); ella sin embrago, volvió sus glaucos ojos hacia el joven y le clavó una mirada que llevaba toda la ternura del mundo.
A partir de entonces, Domingo de Heredia y Palomares, acompañado de un juglar y amigos, comenzó el asedio de la chica, llamada Doña Francisca de Bañuelos y era hija única de padres humildes; al fin una noche escapó entre barrotes y tiestos florecidos una mano trémula que recibió ardiente beso de amor, y noches después, entre suspiros y perfumes de jazmines, unos labios musitaron la declaración de amor.
Más la Colonia era chica y pronto dos lenguas oficiosas fueron con la noticia de estos amores a la madre de Domingo, lo que le contaron a la mujer no le agradó en absoluto, pero más tardaron en marcharse las dos damas informantes, que Doña Felipa en salir rumbo a la casa de Francisca, acto seguido, su mano firme, cruel, golpeó contra el zaguán el pesado aldabón, había en sus golpes furia y decisión; fue las misma muchacha la que abrió el zaguán, su sorpresa no tuvo límites, pues conocía ya a la furiosas dama; la joven invitó a pasar a la mujer a su casa, como la noto indecisa le repitió la invitación, entonces empezó a hablar, comunicándole no volviera a ver a Domingo, pues ella era una plebeya sin nombre ni fortuna y que su hijo la iba obedecer sin reclamos; en ese momento apreció el joven y ante el asombro de Felipa que jamás había visto a su hijo en tal actitud, el joven defendió su amor y autonomía; furiosa la madre se fue, mientras los dos jóvenes ratificaban su amor y sus deseos de casarse. Pero cuanto más mostraba su decisión por casarse con Francisca, Doña Felipa sufría más y más, llenando su dolor con lágrimas amargas; en su loca desesperación por evitar la boda de su hijo, Doña Felipa supo la existencia de una bruja tan poderosa como temida y fue a verla, ansiosa por lograr por medio de siniestros maleficios, el alejamiento de los enamorados, se apresuró a buscar a la bruja en su jacal, la hechicera la recibió como si supiera a que iba la dama, ésta le explicó su caso a aquella mujer, la segunda le prometió para tenerle la solución para el jueves y la angustiada Felipa le pagaría con largueza.
Esa misma noche, Domingo y su madre tuvieron otra discusión, con respecto a la decisión de el de casarse con Francisca, pidiéndole aguardar hasta el viernes.
La noche del jueves Doña Felipa fue en busca de la bruja, que le reveló un plan siniestro y de venganza, el cual consistía en que ambos jóvenes se casaran y después darle un diabólico presente a Francisca, que la iría matando poco a poco. ¿Quieres saber que es? Entonces, sigue leyendo.
Aún sin salir de su incredulidad los jóvenes estos se casaron y fueron recibidos muy bien por Doña Felipa; pronto se dieron cuenta de que si la chica no era de linaje, su belleza y dones espirituales sobrepasaban cualquier deseo. A esas mismas horas en la laguna de Macuitlapilco, la bruja celebrará un diabólico rito con un ánade (una especie de patito); y la bruja degolló más patos, hasta contar siete y con su sangre se embijó el rostro mientras continuaba su invocación a Satanás. Tres días después, cuando todo era dicha y felicidad entre los recién casados, se presentó muy amable Doña Felipa, la cuál le dio aquel presente a Felipa, que era un cojín de plumas muy bonito, relleno de aquellas plumas de pato embrujadas; desde esa noche, el cojín de terciopelo fue la almohada donde reposaba su cabeza la ingenua Francisca, pero he aquí que desde le día siguiente, la joven se levantó de la cama con un extraño malestar: dolo de cabeza, mareos. En efecto, corrieron ante Doña Felipa, a quien le contaron el extraño malestar con que había amanecido la hermosa recién casada; pero ni cuidados ni descansos fueron suficientes, día con día se sentía Francisca desmejorada y pálida, de fresca y lozana habíase tornado paliducha y débil y su alegría había desaparecido para dar paso a una honda tristeza; pero a medida que pasaron los días, la muchacha se sentía peor, ya su rostro desencajado era cadavérico, Y Domingo viendo el estado de su esposa llamó al médico, que desde luego examinó a la enferma, para rendir un diagnóstico, que no fue nada bueno, pues la pobre mujer presentaba el aspecto de los presos de las galeras y mazmorras. Los temores de Francisca no fueron infundados, antes de deis meses había muerto víctima de aquel extraño mal; una vez enterrada Domingo se encerró en su alcoba durante días y días, apenas si comía lo que tomaba de la cocina por las noches y se negó por mucho tiempo a dejar entrar a su ,madre que fingidamente trataba de consolarle, sin embargo su desgracia del joven por las noches le pesaba enormemente regando el lecho de su amado con su llano; e hizo entonces un santuario en su alcoba y besó los lugares que ella tocaba y durmió sobre su cojín de terciopelo rojo.
Al fin, una de esas noches Domingo se despertó sobresaltado, al sentir la presencia de algo sobrenatural junto a su lecho; surgió entonces de entre las sombras dela alcoba, la visión más horrenda que pudieran contemplar ojos humanos: era Doña Francisca descarnada, que había venido de ultratumba a advertirle del cojín embrujado, el cuál provocó su muerte, chupándole la sangre poco a poco, hasta llevarla a la tumba, y que las autoras del crimen habían sido su madre y la bruja.
Antes de que el horrible fantasma se diluyera entre las sombras, Domingo le hizo un juramento, que era vengar su muerte; entonces, el muchacho salió a hurtadillas de la casa y se dirigió a hacer la denuncia ante el Santo Oficio, que esa misma tarde se presentó a la casa; de un tajo fue roto el cojín de terciopelo rojo, cayendo al suelo extrañas plumas de ánade, lo espantoso fue que, a la hora de oprimir el cañón de las plumas, se escapó un líquido rojo, que era sangre humana, de aquella victima, Francisca de Bañuelos. Y al ver las plumas caídas en el suelo, se comprobó que se movían como sierpes (víboras), como impulsadas por una satánica fuerza, furioso, piso aquellas plumas Domingo, hasta que la sangre que contenían formó extenso charco. Tratando de hallar piedad en su acto criminal, Doña Felipa cayó de rodillas ante el fraile.
Sometida a torturas crueles, Doña reveló el sitio donde se hallaba la bruja, de allí la sacó el Santo Oficio; cabe decir que, aunque establecido el Tribunal de la Fe, hasta 1571, los castigos contra brujas y herejía se practicaban ya en Nueva España, y que estos juicios se celebraban en forma rápida y expedita; los acusados eran encarcelados tras el juicio y después conducidos a la horca ó la quema. En un juicio sumario, se condenó a ambas mujeres a morir quemadas en la entonces Plaza de Santo Domingo; Doña Felipa de Heredia y la bruja, cuyo nombre real jamás se supo, fueron atadas a los postes, y según rezaba la sentencia, fueron quemadas en leña verde, para después esparcir sus cenizas a los vientos diabólicos de la noche.
Durante algunos mese Domingo de Hurtado y Palomares se encerró en su casona rumiando su tristeza, tal vez su arrepentimiento; la gente y el mismo se señalaba como el delator de su madre y el responsable de su horrible y vergonzante muerte.
No volvió a saberse nada sobre Domingo, aunque algunos aseguran se marchó a España, llevándose consigo pena y fortuna.
Si, este suceso ocurrido en el siglo XVI, aquí en nuestra capital, nos habla de un caso de hechizo diabólico y perverso; se que algunos de los lectores dudarán de éstos poderes, sin embargo, sépase que en México y en otros países, aún sigue practicándose la hechicería.
Retrocedamos al año 1554, a plena mitad del siglo XVI y veamos en una visión retrospectiva, esta casona y esta calle que llamóse de la Cadena; gobernaba en ese siglo el virrey Don Luis de Velasco I, y ésta casa tenía el número siete, de la que hoy es Venustiano Carranza. Habitaba la casa en cuestión, Doña Felipa Palomares de Heredia, rica viuda de uno de los conquistadores, de quien fuera heredera; pero si Felipa había heredado nombre y fortuna del esposo, también habíale quedado un hijo joven y apuesto, llamado Domingo de Heredia y Palomares, criado con lujo desmedido y cuidados extremos, érase este joven Domingo la adoración y consuelo de la madre, y llevada de su amor maternal, lo cuidaba y mimaba con exceso y siempre le recordaba que ya estaba en edad casadera, que encontrara a una chica que le gustara, que tuviera alcurnia y abolengo, claro, la madre tenía que aprobar a la muchacha.
El joven deseaba en verdad esposa y buscaba con ansias entre las chicas una de la Nueva España; solía reunirse con otros jóvenes también deseosos de casorio y escogían así a las mejores muchachas. Durante varios meses buscó a la chica que le gustase y fuese un buen partido del agrado de la madre, sin hallarla; pero al fin cierta tarde, vio acercarse al templo a una hermosa chiquilla, cuyo nombre y cuna desconocía, sin embargo era de una belleza virginal, que hizo dar vuelcos al corazón del joven Domingo; llena de misticismo y de candor, pasó junto al joven, el cuál lanzó un hondo suspiro. Ella entró a la iglesia y mientras oraba con fervor, el chico la miraba cada vez más cautivado por esa angelical figura; al terminar de orar, ella se acercó a la pila de agua bendita y el le ofreció sus dedos húmedos, emocionado, después, como era la costumbre en ese siglo, el la siguió a prudente distancia, para saber donde vivía, la chica, que al parecer se dio cuenta de que la seguían, no trató de apresurar el paso; entonces ella llegó ante una casa de mediana fábrica, allá por entonces calle Cerrada de Nacatitlán (hoy Novena de Cinco de Febrero); ella sin embrago, volvió sus glaucos ojos hacia el joven y le clavó una mirada que llevaba toda la ternura del mundo.
A partir de entonces, Domingo de Heredia y Palomares, acompañado de un juglar y amigos, comenzó el asedio de la chica, llamada Doña Francisca de Bañuelos y era hija única de padres humildes; al fin una noche escapó entre barrotes y tiestos florecidos una mano trémula que recibió ardiente beso de amor, y noches después, entre suspiros y perfumes de jazmines, unos labios musitaron la declaración de amor.
Más la Colonia era chica y pronto dos lenguas oficiosas fueron con la noticia de estos amores a la madre de Domingo, lo que le contaron a la mujer no le agradó en absoluto, pero más tardaron en marcharse las dos damas informantes, que Doña Felipa en salir rumbo a la casa de Francisca, acto seguido, su mano firme, cruel, golpeó contra el zaguán el pesado aldabón, había en sus golpes furia y decisión; fue las misma muchacha la que abrió el zaguán, su sorpresa no tuvo límites, pues conocía ya a la furiosas dama; la joven invitó a pasar a la mujer a su casa, como la noto indecisa le repitió la invitación, entonces empezó a hablar, comunicándole no volviera a ver a Domingo, pues ella era una plebeya sin nombre ni fortuna y que su hijo la iba obedecer sin reclamos; en ese momento apreció el joven y ante el asombro de Felipa que jamás había visto a su hijo en tal actitud, el joven defendió su amor y autonomía; furiosa la madre se fue, mientras los dos jóvenes ratificaban su amor y sus deseos de casarse. Pero cuanto más mostraba su decisión por casarse con Francisca, Doña Felipa sufría más y más, llenando su dolor con lágrimas amargas; en su loca desesperación por evitar la boda de su hijo, Doña Felipa supo la existencia de una bruja tan poderosa como temida y fue a verla, ansiosa por lograr por medio de siniestros maleficios, el alejamiento de los enamorados, se apresuró a buscar a la bruja en su jacal, la hechicera la recibió como si supiera a que iba la dama, ésta le explicó su caso a aquella mujer, la segunda le prometió para tenerle la solución para el jueves y la angustiada Felipa le pagaría con largueza.
Esa misma noche, Domingo y su madre tuvieron otra discusión, con respecto a la decisión de el de casarse con Francisca, pidiéndole aguardar hasta el viernes.
La noche del jueves Doña Felipa fue en busca de la bruja, que le reveló un plan siniestro y de venganza, el cual consistía en que ambos jóvenes se casaran y después darle un diabólico presente a Francisca, que la iría matando poco a poco. ¿Quieres saber que es? Entonces, sigue leyendo.
Aún sin salir de su incredulidad los jóvenes estos se casaron y fueron recibidos muy bien por Doña Felipa; pronto se dieron cuenta de que si la chica no era de linaje, su belleza y dones espirituales sobrepasaban cualquier deseo. A esas mismas horas en la laguna de Macuitlapilco, la bruja celebrará un diabólico rito con un ánade (una especie de patito); y la bruja degolló más patos, hasta contar siete y con su sangre se embijó el rostro mientras continuaba su invocación a Satanás. Tres días después, cuando todo era dicha y felicidad entre los recién casados, se presentó muy amable Doña Felipa, la cuál le dio aquel presente a Felipa, que era un cojín de plumas muy bonito, relleno de aquellas plumas de pato embrujadas; desde esa noche, el cojín de terciopelo fue la almohada donde reposaba su cabeza la ingenua Francisca, pero he aquí que desde le día siguiente, la joven se levantó de la cama con un extraño malestar: dolo de cabeza, mareos. En efecto, corrieron ante Doña Felipa, a quien le contaron el extraño malestar con que había amanecido la hermosa recién casada; pero ni cuidados ni descansos fueron suficientes, día con día se sentía Francisca desmejorada y pálida, de fresca y lozana habíase tornado paliducha y débil y su alegría había desaparecido para dar paso a una honda tristeza; pero a medida que pasaron los días, la muchacha se sentía peor, ya su rostro desencajado era cadavérico, Y Domingo viendo el estado de su esposa llamó al médico, que desde luego examinó a la enferma, para rendir un diagnóstico, que no fue nada bueno, pues la pobre mujer presentaba el aspecto de los presos de las galeras y mazmorras. Los temores de Francisca no fueron infundados, antes de deis meses había muerto víctima de aquel extraño mal; una vez enterrada Domingo se encerró en su alcoba durante días y días, apenas si comía lo que tomaba de la cocina por las noches y se negó por mucho tiempo a dejar entrar a su ,madre que fingidamente trataba de consolarle, sin embargo su desgracia del joven por las noches le pesaba enormemente regando el lecho de su amado con su llano; e hizo entonces un santuario en su alcoba y besó los lugares que ella tocaba y durmió sobre su cojín de terciopelo rojo.
Al fin, una de esas noches Domingo se despertó sobresaltado, al sentir la presencia de algo sobrenatural junto a su lecho; surgió entonces de entre las sombras dela alcoba, la visión más horrenda que pudieran contemplar ojos humanos: era Doña Francisca descarnada, que había venido de ultratumba a advertirle del cojín embrujado, el cuál provocó su muerte, chupándole la sangre poco a poco, hasta llevarla a la tumba, y que las autoras del crimen habían sido su madre y la bruja.
Antes de que el horrible fantasma se diluyera entre las sombras, Domingo le hizo un juramento, que era vengar su muerte; entonces, el muchacho salió a hurtadillas de la casa y se dirigió a hacer la denuncia ante el Santo Oficio, que esa misma tarde se presentó a la casa; de un tajo fue roto el cojín de terciopelo rojo, cayendo al suelo extrañas plumas de ánade, lo espantoso fue que, a la hora de oprimir el cañón de las plumas, se escapó un líquido rojo, que era sangre humana, de aquella victima, Francisca de Bañuelos. Y al ver las plumas caídas en el suelo, se comprobó que se movían como sierpes (víboras), como impulsadas por una satánica fuerza, furioso, piso aquellas plumas Domingo, hasta que la sangre que contenían formó extenso charco. Tratando de hallar piedad en su acto criminal, Doña Felipa cayó de rodillas ante el fraile.
Sometida a torturas crueles, Doña reveló el sitio donde se hallaba la bruja, de allí la sacó el Santo Oficio; cabe decir que, aunque establecido el Tribunal de la Fe, hasta 1571, los castigos contra brujas y herejía se practicaban ya en Nueva España, y que estos juicios se celebraban en forma rápida y expedita; los acusados eran encarcelados tras el juicio y después conducidos a la horca ó la quema. En un juicio sumario, se condenó a ambas mujeres a morir quemadas en la entonces Plaza de Santo Domingo; Doña Felipa de Heredia y la bruja, cuyo nombre real jamás se supo, fueron atadas a los postes, y según rezaba la sentencia, fueron quemadas en leña verde, para después esparcir sus cenizas a los vientos diabólicos de la noche.
Durante algunos mese Domingo de Hurtado y Palomares se encerró en su casona rumiando su tristeza, tal vez su arrepentimiento; la gente y el mismo se señalaba como el delator de su madre y el responsable de su horrible y vergonzante muerte.
No volvió a saberse nada sobre Domingo, aunque algunos aseguran se marchó a España, llevándose consigo pena y fortuna.
domingo, 28 de abril de 2013
EL DIABLO EN LA CALDERONA
Cuenta lo sucedido a principios
del siglo XX al sereno Ángel María, encargado de encender los faroles en las
noches y dar las horas cuando en Zaruma aún no había un reloj publico. El
sereno vivía en el barrio San Francisco y cierta noche escuchó el llamado
desesperado de un viajero a quién se le apareció el diablo en el sitio la
Calderona, un lugar tétrico que desemboca en un barranco.
“¡Ángel
María! ¡Ángel María! ¡Por Dios, socórreme!
Gritaba desesperado el infortunado hombre.
El “Negro” Angel Maria sale
angustiado a ver qué pasa y ¡Oh sorpresa! Observa que el hombre se acercaba
montando un asustado burro y con el Diablo al anca. Presuroso el sereno penetra
a su casa y regresa de inmediato con un crucifijo bendito; Cristo clavado en la
cruz que había recibido en la Iglesia por muchas ocasiones baños de agua
bendita; ante esta circunstancia, el bulto maléfico se desprendió y rodo
barranco abajo haciendo un ruido tremendo. Su cuerpo peludo se fue perdiendo en
la obscuridad, aunque sus ojos de braza, como “puchos” encendidos de cigarro,
aun se dejaban ver lejos.
El hombre que vivió el
terrorífico episodio cayó desde la silla de montar al suelo, sin conocimiento,
mientras que el burro bajaba la calle San Francisco a carrera desenfrenada…
Unos vecinos acudieron al
bullicio, trataron de ver al diablo pero fue imposible, únicamente un hombre
con palidez de muerte yacía desmayado mientras el ambiente se impregnaba de
olor a azufre quemado y una fetidez de porquería…………”
LA LEYENDA DE LA PATA SOLA
“Patasola, Patasola, lamento que vivas sola, pero
si te atreves a agredirme yo te cortaré tus muletas, mejor vete y haz maletas”. Es una oración que se debe
conocer si se anda de viaje por el
Amazonas de Colombia. Pues habita entre la maraña espesa de la selva
virgen, en las cumbres de la llanura una temida y diabólica criatura.
Desde
hace mucho tiempo en las frías montañas, en los bosques misteriosos de en las
selvas encantadas de Colombia. Se dice que existe un extraño ser, medio mujer,
medio tronco, luce abundante cabellera de la que cuelgan serpientes de múltiples colores. En su rostro sobresalen
ojos de fuego, de penetrante mirada, uno verde como una esmeralda y el otro
rojo brillante e intenso como un rubí. Entre sus labios púrpura resaltan sus
dientes de diamante y de oro. Sus manos las apoya en el suelo aún estando
erguida, parecen muletas para sostenerse y mantener el equilibrio. La Patasola,
en vez de pie tiene el casco de un toro o vaca, pie humano o pezuña de oso,
siempre al revés. De agresiva actitud y su carácter es más oscuro que el
carbón.
Dicen
que fue una mujer infiel a su esposo, quien al encontrarla con otro hombre, le
cortó la cabeza de un solo machetazo y a la mujer le asestó tremendo peinillazo
al cuadril que le bajo la pierna como si fuera la rama de un árbol, luego la
tomó, la llevó al centro de la selva y allá la dejó abandonada para que muriera
lentamente desangrada y pagara por su infidelidad. Pero por los “decretos del
destino,” ella sobrevivió y se
transformó en un espanto, su cuerpo sufrió varias mutaciones, su única
pierna quedó convertida en las garras de un oso y sus manos se alargaron de una
forma grotesca, aprendió a correr y a saltar en una sola pata y cuando lo hace
tiembla la tierra.
Cuando
un niño se pierde, La Patasola se transforma en una mujer maternal, que le da
de la mano, lo arrulla para que se calme, es una gran atrapadora de niños, a
los que se los lleva al monte donde los
devora dejando solo los huesitos. Cuando es un hombre el que va sólo por
el Amazonas, la malvada se convierte en una mujer bellísima que los llama y los
atrae para enamorarlos, hasta transformarse en una fiera que le salta encima, le chupa la sangre y termina
triturándolo con sus agudos colmillos. En el caso de las mujeres, Patasola
imita el sonido del llanto de un bebé, así la mujer, llevada por su faceta
maternal, sigue la voz del bebé hasta caer en sus garras.
Hay
gente que asegura haberla visto saltando con su sola pata, por caminos,
sierras, cordilleras y montes, chorreando
sangre de la pata mocha, lanzando lastimeros gritos. Dicen que es el
alma en pena de una mujer infiel, que vaga por los montes, valles y llanuras;
mujer que deshonró a sus hijos y no respetó a sus esposo.
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