martes, 30 de abril de 2013

EL CALLEJON DEL COLGADO

En la actual calle de Venustiano Carranza, antes llamada “de la cadena” tuvo lugar un
suceso que originó la presencia de un espectro, y con él, esta leyenda.

Nos encontramos en los años finales del siglo XVI. Los vecinos de la Nueva
España, integrados por indios, mestizos, españoles, y frailes peninsulares en su
mayoría, vivían en permanente temor debido a la gran cantidad de crímenes que
ocurrían a diario, al parecer ejecutados por el mismo sujeto.

Por las noches, en cualquier momento, se escuchaban fuertes alaridos en la calle,
que el asesino profería mientras escapaba. La población sabía que se acababa de
cometer un crimen y entonces, ponían seguro a las puertas y ventanas de sus casas con
fuertes trancas.

Algunas personas lo llegaron a ver. Corriendo, gritando, y aún empuñando la
daga, el ser terrible parecía volar entre las calles empedradas. Todos los que lo vieron
o escucharon, creyeron que era el demonio.

Así, el fraile Zanabria, que en una de esas noches, en compañía de un mestizo,
regresaba de dar una confesión. De lejos lo vieron y en seguida, escucharon una voz
desesperada:
¡La ronda! ¡Venid! ¡Alguaciles! ¡Dios mío, venid!
Temerosos, se acercaron al lugar de donde provenía el llamado y allí encontraron
a un hombre, inclinado sobre otro que yacía en el suelo, cubierto de sangre.
—¡Dios mío! ¿Qué sucede?
—¡Mi hermano se muere, padre! ¡Ha sido acuchillado por ese demonio!
¡Confesadle, por Dios!
Fray Zanabria se inclinó hacia el herido, le tomó la cabeza entre sus manos, mas
se dio cuenta de que agonizaba.
—Lo siento, caballero, sólo puedo darle la extremaunción.
—¡No es posible, padre! ¿Acaso va a morir?
—Callad y dejadme hacer.
El fraile Zanabria, con la cruz y el rosario en mano, procedió al sacramento;
luego, cerró los ojos del muerto y lo cubrió con su túnica. La ronda pasó en esos
momentos, se acercó al grupo. El hermano del difunto se adelantó:
—¡Mirad! ¡Mi hermano Don Jimeno ha sido víctima de ese demonio!
—¡Ira de Dios! ¡Otro muerto acuchillado sin piedad! ¿qué mano perversa es
capaz de tal infamia?
—Lo vimos, señor capitán. ¡Creo que es el mismo diablo!
—Perdonad, padre, pero para mí que es obra de un malvado.
—¡Hombre o demonio sois la justicia! ¡Detenedle!
—Qué más quisiera, pero bien sabéis que ése, tan luego ataca dentro de la ciudad
como fuera de la traza.
En efecto, el criminal daba muerte a sus víctimas en cualquier rumbo de la
capital, sin que fijase un patrón del tipo de personas; lo mismo perecerían hombres que
mujeres, pobres y ricos. Lo único común era la puñalada, honda y certera que asestaba
en el pecho, de manera que el atacado moría casi al instante.
Despoblada prácticamente la ciudad en ese entonces, no siempre se escuchaban
los alaridos del asesino, ni los ayes del moribundo. Sólo se encontraban los cadáveres,
frescos aún, o en los inicios de la descomposición. Cuando esto ocurría, los pobladores
daban por atribuir el crimen al “demonio”, pues la soledad de los parajes nocturnos
propiciaba la fantasía. Otros, más incrédulos, lo negaban.

Así, cuando se encontró el cadáver de Don Pedro de Villegas en las afueras de la
ciudad, y se observó que el tipo de herida era más fino, producto de una espada u otra
arma, y también, que había varias heridas en su pecho, y no una, como se sabía,
acostumbraba dar el demonio, un conocido del difunto señaló su sospecha: con
seguridad el crimen había sido ejecutado por el esposo de la mujer con quien don
Pedro tenía amoríos prohibidos. Otro hombre, aunque aceptó el argumento, juró haber
escuchado en ese lugar los alaridos usuales del asesino. La justicia, por su parte, sólo
cumplió con las diligencias de rutina que el caso requería, sin que hiciera ninguna
investigación posterior.

Pero los crímenes continuaron, por lo que el virrey, Don Luis de Velasco II,
reunió a las autoridades civiles y eclesiásticas de la Nueva España, para darles a
conocer su mandato, mismo que decía:
“Yo, el Virrey Don Luis de Velasco II, ordeno, en relación a los crímenes que
agostan a la Nueva España, que si se trata de un ser demoníaco, se haga cargo del
asunto el Santo Oficio; y si es de este mundo, la justicia, a fin de aplicarle al criminal
el más horrible y cruel de los castigos. De modo pues, que para un mismo fin, la
justicia de Dios y del Virrey, trabajarán por separado”.
Durante varias noches, se pudo ver a los religiosos recorrer las calles, con las
cruces y utensilios necesarios para el exorcismo; mientras tanto, el capitán y sus
lanceros hacían lo propio. Pero en todas las ocasiones en que el asesino atacaba, los
soldados y los religiosos llegaron tarde; ya la víctima yacía moribunda, y el
responsable había escapado.

Ciertamente oyeron sus alaridos, pero se confundían sobre el lugar de
procedencia de éstos. Los religiosos también lo vieron correr, y aunque hicieron el
esfuerzo de perseguirle, pronto desapareció de su vista.
El asesino se escabullía con presteza, parecía ser hombre y demonio a la vez; un
demonio que tenía, a decir de un fraile, un pie de cabra y el otro de gallo, o que era una
bruja, como señalaba uno de los oidores que formaba parte de la comitiva. Cansados y
temerosos, los frailes oraban en la plenitud del sereno nocturno, para alejar el
maleficio que asolaba a la ciudad virreinal.

Después de un tiempo la persecución cesó. Aun cuando el sentir general era
aprensivo, las actividades de los pobladores se realizaban de manera acostumbrada;
entre ellos el oidor mayor, Don Álvaro de Peredo y Zúñiga, que laboraba como
siempre en su casa, en la calle de la cadena.
Una mañana, el sirviente del oidor entró en su despacho para comunicarle,
sumamente nervioso:
—Perdonad, señor amo, pero un hombre pregunta por vos.
—Decidle que me vea en la Audiencia.
—Le dije tal, señor, más insiste. Dice que es asunto secretísimo, relativo al
demonio criminal.
—¿Qué? ¡Hacedle pasar y dejadme a solas con él!
El oidor lo esperó de pie; entró un hombre de aspecto modesto que se presentó:
—Buenos días, vuestra señoría. Soy Lizardo de Ontuñano, natural de San Lucas,
tahonero de oficio. Me atrevo a molestaros porque...
—¿Decís que conocéis la identidad del asesino, del diabólico ser?
—Así es, señor oidor mayor. Le he seguido varias noches, y le he visto atacar a
sus indefensas víctimas.
—¿Y después...? ¡Continuad!
—Le he seguido y le he visto entrar a su casa.
El oidor mayor se puso de pie, resuelto:
—¡No perdamos tiempo! ¡Vayamos a la Audiencia! Ahí se os dará fuerte
recompensa por revelar la identidad del criminal.
El oidor se hallaba alborozado, en su mente pronto se formó la idea sobre las
ventajas que obtendría por intervenir en asunto tan álgido. Pero el hombre se quedó
callado, sin moverse, a lo que el oidor le demandó:
—¿Pero qué os pasa? ¿Por qué os detenéis?
—Perdonad, señor oidor, pero no busco recompensa por revelar el nombre del
criminal, sino por callarlo.
—¿Qué decís? ¡No os entiendo! ¿Pagar porque calléis? ¡Si lo que precisamos es
saber el nombre del asesino!
Con la cabeza baja, que escondía sus torvos ojos, el hombre le dijo:
—Señor oidor... Es que el asesino es vuestro hermanastro, don Gaspar de
Aceves.
—¡No es posible! Mi hermano está enfermo, ¡Pero criminal no es!
—Averiguadlo, vuestra señoría.
El oidor dejó al hombre en el despacho. Caminó hasta la habitación de su
hermanastro, abrió la puerta, y grande fue su estupor cuando revisó el lecho de éste:
encima de las mantas sucias y revueltas, se hallaba una capa, cuyo embozo tenía
manchas de sangre, y sobre éste yacía un puñal, con el filo cubierto por abundante
sangre reseca.
—¡Es la sangre de sus víctimas! ¡Dios mío!
Cuando regresó donde lo esperaba Lizardo, el oidor iba anonadado. Todavía
dudó por un momento, le costaba creerlo, pero ahí estaban las pruebas; además, sabía
que su hermano no estaba bien de sus facultades mentales. El tahonero esperó un
momento a que se repusiera, entonces le dijo:
—¿Os habéis convencido, verdad? Fije vuestra merced la cantidad de oros que ha
de darme, que yo me daré por bien pagado.
—Idos ahora, señor... Lizardo. Ya os avisaré mañana.
El oidor abandonó su trabajo ese día, torturado por el descubrimiento, por el
conflicto entre su deber y sus sentimientos. Tomada su decisión, al día siguiente
entregó una cantidad a Lizardo de Ontuñano, quien le aseguró su silencio. Por otra
parte, encerró a su hermano.

Sin embargo, el hombre no se conformó, a la primera extorsión continuaron
otras. El oidor mayor había desmejorado. Le pesaban los alcances de la enfermedad de
su hermano, y empezaba a irritarle cada vez más la presencia del extorsionador.
Al fin, una mañana, mandó detenerle; lo culpaba de ser el autor de los crímenes
en serie. Lizardo de Ontuñano, dicen los documentos del Santo Oficio, proclamó su
inocencia, pero fue en vano.

El juicio se acercaba. Él sabía que podía ser condenado, consciente de la
influencia del oidor y de la arbitrariedad de la Inquisición, conocida por todos los
habitantes. Pidió hablar con el oidor mayor, pero al tiempo que lo comunicó al
carcelero, detrás apareció el oidor para interrogarlo.
En la celda, Lizardo quiso chantajear al funcionario, con la amenaza de delatar a
su hermano si sostenía su acusación, pero el oidor no cedió. Entonces, tomaron un
acuerdo: el oidor le propuso que declarara conocer al asesino, haberlo visto, pero no
saber su nombre ni el lugar de su morada. A cambio de ello, juró dejarlo ir. Por su
parte, Lizardo juró guardar el secreto.
Se llevó a cabo el juicio, con el oidor mayor al frente del jurado. Éste le
preguntó:
—¿Confesáis que habéis visto morir a las víctimas, correr la sangre, y saber su
identidad?
—Sí, confieso.
El oidor se levantó de su asiento para señalarlo:
—Miembros de este Santo Tribunal ¡No hay duda alguna! ¡Aquí tenéis al
diabólico asesino! ¡Sometedle a tortura, en tanto se decide la forma de matarle!
El verdugo lo tomó por los hombros, violento lo condujo a la cámara de castigos.
Ahí, fue sometido al suplicio del potro. Un verdugo daba vueltas a unas barras,
colocadas en el extremo derecho del cilindro de madera, que a la cabecera del hombre,
y envuelto en cuerdas, jalaba de sus brazos sujetados. Mientras tanto, un fraile lo
interrogó sobre las razones de sus asesinatos; Lizardo negó todo. Y antes de la fractura
de sus miembros, dijo:
—¡Soltadme! ¡El criminal es el hermano del oidor mayor, Don Gaspar de
Aceves!
Pronto, el fraile acudió con el oidor mayor para comunicarle lo dicho por el reo.
Éste no dio importancia al hecho, adujo una venganza en su contra, y ordenó mayor
tortura hasta lograr su muerte, preocupado en el fondo de que siguiera hablando. Pero
al fraile se le ocurrió una siniestra idea: castigarle por sus crímenes y por difamación al
oidor. Intrigado, éste quiso saber de qué manera se haría tal castigo, a lo que el fraile
respondió:
—Vivís en la calle de la cadena. ¡Que sea colgado de la cadena superior que está
frente a vuestra casa!
El día de la ejecución, la gente se agolpaba en las aceras, furiosa arremetía en
contra del reo, que en esos momentos pasaba, en medio de la procesión de guardias y
religiosos.
Una vez que llegaron al lugar, la sentencia fue leída por el pregonero. Colgaron
la cadena a su cuello y entonces, el fraile se acercó al hombre, ya aniquilado por las
torturas. En tono piadoso le expresó:
—Confesad vuestros crímenes para que vuestra alma pueda llegar al cielo.
—Sois sacerdote. Decidle a ese Dios que invocáis, que me permita volver a este
mundo a demostrar mi inocencia.
—¡No puedo pedir tal cosa!
—Lo haré yo, si llego a vislumbrar el cielo. ¡Y os juro por Dios, que vos también
sabréis de mi inocencia!
A lo lejos, ya aletargado, escuchó la orden de su muerte.
Su cuerpo quedó pendido de una de las cadenas superiores de la casa frontal a la
del oidor mayor, donde quedó tres días, expuesto al morbo público. Al cuarto día, el
cadáver fue bajado.

Por su parte, el oidor Don Álvaro de Peredo, mandó poner gruesas rejas en la
habitación de su medio hermano, en el mismo día de la ejecución. Quería asegurarse
de evitar sus crímenes, pero a la vez, también era una forma de castigo hacia el
verdadero criminal, porque el remordimiento lo atormentaba.
Esa noche, en que la pestilencia del cadáver todavía impregnaba la calle, un
impulso irracional lo hizo salir. Adelantó unos pasos hacia la casa de enfrente, y al
elevar la cabeza, vio, entre la luz de la luna llena, la sombra del ahorcado.
Pensó que era una alucinación, una visión de su conciencia, pero de día y de
noche, durante semanas y meses, la silueta siguió apareciendo en el mismo lugar. Ya
no quería salir de su casa, pero algo lo impulsaba siempre; entonces, evitaba mirar
hacia la cadena, mas una fuerza ultraterrena lo hacía volver la cabeza, elevar la vista.
Poco tiempo después, encerrado en su alcoba, ya enfermo, sintió la misma fuerza
magnética que provenía de los muros de su habitación: en ellos se dibujó la sombra.
El oidor, atado por el miedo, empezó a rezar, pero la silueta seguía ahí. Entonces
cobró valor:
—¡Marchaos de aquí, sombra ominosa! ¡Comprended, tenía que salvarlo!
Transcurrieron siete meses del suceso. Los crímenes cesaron, y la confianza
volvió entre los habitantes de la capital. Pero una noche, se escuchó el temible alarido
y con él, el descubrimiento de una nueva víctima. El oidor tuvo la seguridad de que su
hermano no era el autor, pues encerrado estaba, y se hallaba dormido la noche del
asesinato.

Dos días después, un hombre que caminaba por la calle, ya avanzada la noche,
fue atajado por la siniestra figura, que al instante levantó el brazo, con puñal en mano,
dispuesto a matarle. Pero entonces, el asesino sintió una presencia atrás, y se detuvo.
Al volver el rostro, se topó con un espectro, un esqueleto que lo levantó, con enorme
fuerza, y sin darle tiempo a nada, rodeó su garganta, y apretó, hasta verlo morir.

El hombre que se había salvado del asesino, se alejó del lugar, tembloroso ante la
visión de lo ocurrido. Horas más tarde, casi al alba, la ronda de alabarderos descubrió
el cuadro: en el suelo yacía un cadáver, y junto a él, un esqueleto le rodeaba el cuello
con sus manos descarnadas.
Uno de ellos identificó al cadáver como el hermano del oidor mayor, pero no se
supo explicar la presencia del esqueleto, y su identidad; sólo se notó la cadena que
colgaba de su cuello sin piel.
Se llamó al Santo Oficio, quien exorcizó el lugar. Mientras tanto, las autoridades
trataban de explicarse el hecho insólito. Al parecer, el esqueleto asesinó a Don Gaspar
Aceves, pero esto no tenía sentido.
Al fin, tuvieron la respuesta. Un hombre, que venía apoyado en su esposa, llamó
a las puertas de las autoridades religiosas para dar su testimonio sobre el atentado
sufrido la noche anterior, y sobre el espectro que lo salvó.
Una vez interrogado, quedó claro que el asesino era el hermanastro del oidor. En
cuanto al esqueleto, el testigo dijo haber escuchado, acaso como parte de su
alucinación, que éste dijo a Don Gaspar cuando lo estrangulaba: “¿No me conocéis?
¡Soy Lizardo de Ontuñano, que viene a demostrar su inocencia!”
Los ahí presentes disimularon su risa, pero el fraile, confesor de Lizardo a la hora
de su muerte, contestó muy serio:
—Es verdad lo que dice este hombre. Se trata del mismo cristiano a quien dimo
muerte, acusado por el oidor mayor. No cabe duda, yo mismo vi la cadena en su cuello
al hacer el exorcismo, pero no creí.
Uno de los oidores comunicó:
—Pediré instrucciones al virrey; entre tanto, detendremos al oidor mayor.
El fraile contestó:
—Demasiado tarde, vuestra Señoría. El oidor mayor se ahorcó.
Al día siguiente, el esqueleto fue enterrado en el cementerio.
Por mucho tiempo, la calle de la cadena fue denominada como “calle del
colgado”, quizá debido a la ejecución de Lizardo de Ontuñano, o al suicidio del oidor
mayor.
La leyenda empezó con la muerte de ambos, pero por mucho tiempo, aseguran
las personas que la vieron, se mecía la sombra del ahorcado bajo las cadenas que se
extendían de un extremo al otro del muro.

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