miércoles, 1 de mayo de 2013

LA HIJA DESHEREDADA

Del mismo señor de Sobrevilla nos ha quedado una preciosa leyenda que se escucha todavía en los labios de los ancianos. 
Refiriendose éstos, que el acaudalado minero tenía una hija, que por su belleza era el objeto de admiración de todos los mancebos de lugar. Su orgulloso padre, había concertado su enlace con el hijo de otro acaudalado minero, cuya fortuna era, sino igual, al menos digna de consideración. 
Por el amor, que nada sabe de fortunas ni de riquezas, hizo que la bella niña se prendara locamente del más pobre gañán, que desde muy niño pastoreaba los ganados de su padre. Por demás esta decir, lo dificíl que para ellos era verse. Uno y otro contentábanse con hacerlo desde la reja de su aposento alto hasta los rediles del traspatio o al asomar la aurora cuando él iba por la angosta calleja con su hato y ella cruzaba la plaza mayor, runbo al templo custodiada por su dueña.
Llegó por fin el día señalado para su boda con el rico pretendiente. Mientras todos los modadores de la regia mansión, alegres hacen los preparativos nupciales, ella vivía horas de angustia pensando en su infelicidad y, por fin, decidió escapar con su enamorado gañán, dejando defraudadas las aspiraciones del rico pretendiente, que ya veía acrecentada su fortuna con el enlace.
Pasó el tiempo. El padre admitió nuevamente a su hija en la señorial mansión. Más ya no fue, a partir de entonces la, niña objeto de los mimos de su padre. El ofendido señor de Sobrevilla no perdonó y dictó órdenes terminantes para que se le tratara como a la última de las esclavas.
No concluyeron allí sus enojos. Investido de su autoridad desterró al gañan a los remotos y, reuniendo a toda su familia, declaró, en presencia de todos, que su hija quedaría desheredada.
La ausencia de su amado y la pena de verse despreciada y humillada abreviarón sus días.
El día de su muerte, su íracundo padre, hizo que fuese tendida en el duro suelo de la pieza principal, vestida con lo más humildes harapos.
Abrió de par en par las puertas y colocó en el piso un plato de barro para que los piadosos vecinos arrojaran algunas monedas para enterrarla de limosna, como es fama que sucedió.
Los sucesores directos e indirectos de la rancia familia de Sobrevilla que por más de una centuria han habitado el viejo caserón, aseguran averla visto vagar por los pasillos hasta asomarse a la torneada reja de su alcoba.

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